EL TIPO DE VIDA RELIGIOSA EDUCADORA NACIDA CON SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE Y SUS PERSPECTIVAS PARA HOY

por el Hno. Antonio Botana, fsc

A modo de introducción:

La canonización de Juan Bautista de La Salle, hace hoy 100 años, llevaba implícito el reconocimiento oficial de la Iglesia a la mayoría de edad de un tipo de vida religiosa, laical y centrada en la educación, que había nacido con él. Tras los "Hermanos de las Escuelas Cristianas", y siguiendo más o menos de cerca aquella inspiración, aparecerían diversas Congregaciones de consagrados y consagradas, cuyos fundadores enriquecen la vida religiosa educadora con diferentes aportaciones carismáticas.

Vendrían luego otros reconocimientos oficiales de la Iglesia, desde la proclamación de San Juan Bautista de La Salle como patrono de los educadores cristianos, hace 50 años, hasta la reciente canonización del fundador de los Hermanos Maristas, Marcelino Champagnat.

Ahora bien, ese reconocimiento oficial, ¿se refiere a la riqueza y novedad de lo que este carisma aporta a la vida religiosa y a la misión de la Iglesia, o más bien a su perfecta normalización y encaje dentro de la estructura oficial de vida religiosa?

No es esa duda la que quisiera aclarar a lo largo de esta reflexión, sino otra que nos afecta más directamente, aunque esté muy relacionada con la anterior: nosotros, religiosos y religiosas laicales nacidos para la educación de los pobres, ¿tenemos una conciencia clara de la especificidad de nuestro carisma en la Iglesia? ¿Distinguimos nuestra identidad en el conjunto de la vida religiosa? No es una cuestión meramente intelectual: de la respuesta positiva a estas preguntas depende nuestra capacidad de adaptación a la nueva época, al nuevo "ecosistema" socio-eclesial en el que hemos de integrarnos.

Mi reflexión tiene dos partes, siguiendo el título de la conferencia:

· -En la primera parte me limito a señalar algunas claves que sobresalen en el itinerario de la Congregación fundada por San Juan Bautista de La Salle. Posiblemente esas claves puedan ser aplicadas en parte a otras Congregaciones, pero intencionadamente he evitado las generalizaciones y he preferido referirme explícitamente a los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

· -En la segunda parte me atrevo a dar el salto y dirijo mi propuesta al conjunto de las Congregaciones laicales, masculinas y femeninas, que participamos en esta corriente de vida consagrada nacida con San Juan Bautista de La Salle. Cada uno podrá completar o corregir a su gusto la propuesta.

La reflexión está hecha desde la convicción de que el Espíritu está conduciendo nuestras Congregaciones a un proceso de refundación en el que vemos sus inicios pero no sabemos cuál será el resultado. El éxito no está asegurado; según algunos, el fracaso se ha adelantado a nuestras previsiones. Sea lo que sea, lo único que se nos pide es que nos dejemos animar por el Espíritu. A ello nos exhorta repetidamente San Juan Bautista de La Salle. Hagamos un proceso de refundación que sea tan inductivo como lo fue el de la fundación.

1ª parte
EL TIPO DE VIDA RELIGIOSA EDUCADORA NACIDA CON SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE

Comienzo con una observación muy elemental, pero que es preciso tener en cuenta: la vida religiosa a la que nos vamos a referir no es el resultado de un planteamiento teórico o conceptual. Al contrario, nace en el transcurso de un itinerario cuyos protagonistas no han previsto su destino desde el comienzo, sino que lo van descubriendo y también decidiendo paso a paso, en diálogo con el Espíritu. Y el Espíritu les hace oír su voz en las necesidades que descubren en la infancia y juventud, en las expectativas de la sociedad y la Iglesia de su tiempo, pero también en la sensibilidad y la generosidad que Él ha puesto en sus corazones. Así es como surge en la historia el carisma lasaliano, y con él un nuevo tipo de vida religiosa en la Iglesia.

Nos encontramos ante un proceso típicamente inductivo, como lo fue la implicación de Juan Bautista de La Salle en la fundación del Instituto: él no parte de una idea preconcebida, sino que está atento a los signos de Dios y se deja llevar "de un compromiso a otro". La elaboración de la identidad de los Hermanos no será una adaptación a unos cánones previamente definidos; tampoco aplica un concepto genérico y universal de "Vida Religiosa". Sigue el dinamismo de su propio carisma, y éste se va mostrando en el desarrollo de una historia muy ligada al itinerario de la comunidad lasaliana.

La lectura que Juan Bautista va haciendo para los Hermanos es revelador de este proceso inductivo: Los Hermanos se han consagrado a Dios porque Él los ha llamado a participar "de cuerpo entero" en su Obra. Se reúnen en una comunidad ministerial en la cual Jesucristo es el centro indiscutible. Esta comunidad requiere la estabilidad de sus miembros, para ser fieles, no a una vida religiosa canónica, sino a la Obra de Dios; la cual se realiza en la educación cristiana de los "hijos de los artesanos y de los pobres" y se concreta en las escuelas gratuitas.

Y para cumplir la Obra de Dios, Juan Bta. de La Salle no nos remite a una supuesta fidelidad a determinados votos canónicos, sino al Espíritu de Jesús, a quien debemos pedir que nos dé a conocer los dones que Él nos ha concedido para llevar a cabo su Obra (cf MF 189,1).

Tras esta descripción, síntesis de la que Juan Bautista de La Salle nos ofrece en sus escritos, hagamos una aproximación desde fuera, en un recorrido obligadamente breve: ¿cómo se ha manifestado esta vida religiosa, cómo ha sido percibida en la historia, en la sociedad y en la Iglesia, a lo largo de estos 300 años?

1. UNA COMUNIDAD EN MEDIO DEL PUEBLO

Al revisar la trayectoria histórica de los Hermanos en los tres siglos pasados es fácil apreciar la relación de cercanía que, generalmente, ha existido entre su comunidad y la gente del pueblo.

El modo de vida de esta comunidad era claramente diferente a lo que es común en la sociedad. La relación no venía, pues, por la similitud de vida, sino por lo que esta comunidad ofrecía a su pueblo y porque estaba realmente interesada en todo aquello que preocupaba a la gente.

Como en todos los religiosos, su testimonio hacía referencia a Dios, pero era un testimonio integrado en la promoción de este mundo. Su forma de vivir no transmitía la negación de lo humano, sino la búsqueda de su sentido más profundo, y así lo ofrecían al pueblo en forma de todo aquello que representaba la modernidad: el orden, la organización, la profesionalidad... Los principales beneficiados eran precisamente los que más carecían de sentido y esperanza porque estaban al margen de la sociedad y de la historia. Los hijos de los artesanos y de los pobres podían aprender en las escuelas de los Hermanos el uso de la palabra; con ella adquirían conciencia de sí mismos y de su identidad; entraban en el mundo de las relaciones humanas y religiosas, se integraban en la sociedad y en la Iglesia; se convertían en sujetos activos de la historia; también de la historia de salvación.

La comunidad de los Hermanos se ofrece como una señal de esperanza y de sentido; lo hace con su forma de vivir y de enseñar, con su dedicación a Dios y a los hombres, con su renuncia y distanciamiento de las realidades humanas y al mismo tiempo con su preocupación por la cultura y el progreso. Su consagración puede ser traducida fácilmente como disponibilidad para la búsqueda de Dios y el encuentro desinteresado y gratuito con los hombres. Por ello, la presencia de los Hermanos en el pueblo es al mismo tiempo signo de la encarnación de Dios en la historia humana y también de la trascendencia de Dios, el cual no nos pertenece sino que somos nosotros quienes le pertenecemos.

Notemos estas tres características:

· Su signo es, en primer lugar, visible y cercano a los hombres de su tiempo, porque su vida está integrada en la problemática cultural de la sociedad y en la construcción de la sociedad civil desde el ámbito educativo.

· Su signo es interpelante porque la respuesta que dan a esa problemática, su contribución específica a la construcción de la sociedad, está planteada desde una lectura de la realidad hecha con una perspectiva desacostumbrada: la de los pobres y marginados. La integración social de estos religiosos se presenta con una opción clara: la preferencia descarada, aunque no excluyente, por los pobres. "Los pobres son evangelizados" es el signo de que el Reino de Dios está llegando.

· Finalmente, su signo es revelador de lo invisible, de lo que trasciende su propia realidad. La manera que tienen ellos de insertarse en la sociedad no es como meros profesionales sino como comunidad fraterna consagrada a la búsqueda de Dios y cuya motivación última está en su dependencia del querer de Dios. La comunidad establece el puente que permite hacer visible a Dios en este mundo. La comunidad convierte a sus miembros en profetas de salvación.

2. EL MINISTERIO LAICAL DE ESTA COMUNIDAD CONSAGRADA

Los religiosos educadores han plantado su tienda en el mundo de la educación; pero no han entrado en él como excusa para poder impartir la catequesis o la instrucción cristiana. Si el pueblo los ha aceptado plenamente es porque ha reconocido la profesionalidad de estos educadores. Más aún: se les ve identificados con la educación; es su tierra, no están en ella de prestado.

Pero en esta tierra no se dirigen a todos por igual; tienen unos interlocutores privilegiados, justamente aquellos que son menos escuchados, los que tienen menos oportunidades de acceder al mundo de la educación y, por tanto, de asumir plenamente sus derechos en la sociedad.

¿Por qué han elegido este campo y esos interlocutores? ¿Qué tiene que ver con su vida religiosa?
Los religiosos educadores, sus Fundadores, han reconocido la educación cristiana de los niños y jóvenes abandonados como la Obra de Dios, la viña a la que su Señor les llamaba a trabajar, un lugar especialmente deseado por Dios para hacer crecer en él su Reino. En esta tierra han visto la "zarza ardiendo" a la que han de acercarse "descalzos", dispuestos a escuchar y adorar a Dios, porque esta situación plenamente profana es también plenamente sagrada. Por eso están aquí.

¿Qué título traen? ¿Con qué autoridad vienen?

No traen el título del sacerdocio ministerial; pero sus votos religiosos tampoco les sirven de título. La Comunidad eclesial los envía, ciertamente, pero eso es sólo el reconocimiento del carisma que les impulsa.
El carisma que han recibido del Espíritu los convierte en "ojos, oídos y corazón" de Dios; por eso sienten de manera especial los gritos silenciosos de esos niños y jóvenes abandonados. Este es su título.

Vienen enviados como profetas. El profeta es un centinela vigilante que descubre la acción de Dios y la señala para que el pueblo pueda verla también. Su primera misión no es aportar una dimensión sagrada, sino señalar lo humano como lugar de la presencia de Dios.

Los religiosos educadores aportan a la educación y a la Iglesia el signo de su dimensión laical: recuperan así la originalidad de la vida religiosa en sus comienzos, y afirman proféticamente la posibilidad de vivir sin dicotomías la relación con Dios y con los hombres, la dedicación al Evangelio y el compromiso con la cultura. En la base de esta unidad está la fe en la encarnación de Dios.

Una opción con sentido positivo.

Su opción por la laicalidad como forma de vida religiosa no es, como muchas veces ha querido verse desde fuera, una renuncia al sacerdocio, como si éste fuera la alternativa frente a la que hubiera que optar. Es una opción por algo que tiene pleno sentido en sí mismo; es la convicción, o mejor, el "sentimiento de fe" - en expresión de San Juan Bautista de La Salle - de que el ministerio de la educación cristiana es una de las mejores contribuciones al Reino de Dios y a la Iglesia. Pero el hecho de vivirlo desde una comunidad consagrada laical, identificada con el ministerio, le otorga a éste una resonancia especial en el pueblo, lo realza como ocasión privilegiada de encuentro con el Dios que habita entre los hombres.

Conocemos la gran valoración que La Salle hace de este ministerio, comparándolo al de los obispos y doctores de la Iglesia (cf. MR 199). Esa valoración se refleja en la actitud radical que mantiene, empeñado en llevar a cabo un proyecto "profético", que no rechaza otros proyectos más limitados, pero que ha de mantenerse en su radicalidad si quiere seguir siendo signo.

Se explica así la insistencia de La Salle en rechazar cualquier escuela donde quede en entredicho alguna de las tres grandes mediaciones de su proyecto:

- el educador: como hombre interior, con identidad ministerial y sentido profesional;

- la comunidad: signo de fraternidad cristiana y fundamento de la obra educativa;

- la obra educativa: una escuela cristiana hecha a la medida del pobre, pero abierta a todos.

3. CONSAGRADOS EN COMUNIDAD PARA LA MISIÓN

La consagración es la consecuencia más elevada de la valoración radical que nuestros Fundadores han hecho del ministerio de la educación cristiana: una consagración laical para un ministerio laical.
La consagración nace y se desarrolla en la comunidad; fuera de ella pierde o se desvirtúa su significación. Porque es la pertenencia a la comunidad el criterio definitivo que constituye a estos religiosos en "consagrados", signos de Dios ante su pueblo. Naturalmente no se trata de una simple pertenencia material, sino de la comunión interna con los demás miembros de la comunidad y con su finalidad. La comunidad es quien los consagra para la misión, antes que el gesto y la fórmula de consagración.

La gente que los ve, quizá no sepa mucho de votos religiosos, pero percibe fácilmente que esta comunidad es consagrada; se puede constatar su disponibilidad para Dios y para los hombres; esa disponibilidad justifica lo extraño de su forma de vida.

Su manera de vivir expresa al mismo tiempo la confianza en Dios, a quien atribuyen la obra que ellos llevan entre manos, la solidaridad con los demás Hermanos, con quienes se cuenta para realizar dicha obra, y la responsabilidad con los destinatarios de la obra, los niños y jóvenes abandonados.

Este triple lazo constituye la consagración de los religiosos educadores. La comunidad lo está viviendo antes de que se exprese mediante un gesto o una fórmula.

El gesto personal de la consagración también ha de llegar, antes o después, como exigencia de la propia comunidad para poder institucionalizarse y garantizar su continuidad. Es un rito de alianza en el que se dan cita todos los implicados en esta obra que motiva la consagración: Dios, los otros miembros de la comunidad y los destinatarios de la obra. No tiene nada que ver con una promesa de perfección personal o santificación individual. El gesto de consagración anuda a la persona con la comunidad, a ésta con los destinatarios de la misión, y a todos ellos con Dios.

Para captar el sentido de la consagración, y a través de ella la identidad de la vida religiosa educadora, es muy clarificador el análisis de la fórmula de consagración empleada por los Hermanos de La Salle en vida del Fundador. Sabemos cómo, pocos años después de su muerte, dicha fórmula queda sustancialmente cambiada, por exigencias de la Bula de Aprobación, sometiéndola a los formalismos canónicos y desposeyéndola de su originalidad. Se perdió así una gran oportunidad de enriquecer la vida religiosa con un nuevo enfoque. Ciertamente, la nueva identidad religiosa estaba ya introducida en la Iglesia, pues era obra del Espíritu Santo, pero su originalidad no se había captado. Quedaba, pues, un riesgo latente para estos religiosos: el estar viviendo un tipo de vida religiosa ministerial en conformidad con su carisma y, en cambio, no poder expresar su experiencia en términos propios sino prestados de categorías ajenas.

La fórmula de consagración a que nos referimos tiene un núcleo muy simple y muy sustancial: la comunión para la misión; pero en términos muy concretos: comunión con estas personas, con esta comunidad, para esta misión específica de la que se sienten responsables.

· El objeto de la consagración se expresa en un doble nivel: "procurar la gloria de Dios" y edificar la comunidad que tiene como fin la educación de los pobres. La consagración unifica ambos fines, o más bien los hace equivalentes. Es la máxima expresión de la unidad de vida del religioso educador.

· El compromiso consiste en "unirse y permanecer en sociedad con los Hermanos...", y se desglosa luego en tres votos: asociación, estabilidad y obediencia. Cada uno de ellos refuerza un aspecto de la comunión para la misión. Obsérvese que los tres votos, dirigidos a Dios, tienen como destinatarios directos a los Hermanos con los que se asocia, es decir, la comunidad, y no la proyección apostólica propiamente dicha, aunque ésta sea la finalidad de aquélla. El cumplimiento de los votos se realiza, pues, a través de los Hermanos con los que se constituye la asociación.

· El resultado es una comunidad "intencional", una fraternidad en la que sus miembros están plenamente disponibles para construir la comunidad y para el complimiento de su finalidad, no sólo en el ámbito local sino también en el universal. En cierto sentido, la consagración rompe la limitación de la comunidad en el espacio y en el tiempo. Esta es la Asociación, en terminología lasaliana.

· No se mencionan los consejos evangélicos en los que se fundamentan los tres votos clásicos de la consagración religiosa; están, sin embargo, implícitos en la disponibilidad radical que la persona ofrece como actitud básica de la consagración. La razón de esa ausencia es muy sencilla: la fórmula de consagración eleva a la categoría de signo oficial lo que de hecho se está viviendo como signo existencial, y éste no es la búsqueda de la perfección evangélica, representada en los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, sino la fraternidad ministerial para la educación de los pobres.

4. ANIMADOS POR EL ESPÍRITU DE FE

Será preciso preguntarse en dónde obtienen estos religiosos el sentido de lo que están viviendo, cuál es la raíz de la que se nutren, o qué fuerza les mueve. Dicho de otra forma, cuál es la esencia de esa espiritualidad que los acerca tanto a lo humano y los convierte en ministros de Jesucristo.

Para responder a esta pregunta resulta muy sugerente el acudir a la experiencia de Juan Bautista de La Salle: él, siendo sacerdote y canónigo, se ve empujado a emprender un éxodo que cambia su forma de encontrarse con Dios. En ese éxodo es conducido desde el lugar sagrado, el templo de piedra, hasta el ámbito profano de una comunidad de maestros, todos ellos laicos; y, a través de ellos, al lugar tanto o más profano de la escuela, perteneciente a la cultura y a la sociedad humana. Desde la fe, Juan Bautista revive la experiencia original cristiana, la sacralización de la comunidad por la presencia de Jesús en medio de ella; y podrá decir a los Hermanos: "Vuestra comunidad es lugar santo, casa de Dios" (MD 77,1) y "casa de oración" (MD 62,1).

De la misma forma descubrirá la escuela como ámbito en el que Dios continúa la creación, pues su Palabra poderosa sigue haciendo surgir la luz, primero en los corazones de los que Él ha elegido para ser sus ministros, y a través de ellos en los niños (cf MR 193,1).

En su éxodo, Juan Bautista ha salido de la compañía de los ministros sagrados y se ha reunido con este grupo de laicos que no tienen más sacramentos que los de la Iniciación cristiana. Desde la fe contempla la acción del Espíritu Santo a través de estos maestros y comprueba que el gran Don de Jesucristo a su Iglesia se hace efectivo en ellos: "Jesucristo está en medio de los Hermanos para darles su Santo Espíritu, y para dirigirlos por Él en todos sus actos y toda su conducta" (EM 2,26). El Espíritu es el primer protagonista en la edificación de esta fraternidad como también de la obra educativa que ellos realizan en la escuela (cf MR 195,2).

Contemplando lo que ha sido su propio éxodo, Juan Bautista presenta a sus Hermanos la imagen "laical" de Dios: el Dios de la historia, el que "guía todas las cosas con sabiduría y suavidad, y no acostumbra a forzar la inclinación de los hombres" (Memoria de los comienzos), el que se le encuentra en la vida más ordinaria, el que está en la comunidad reunida en su nombre, no sólo en la oración sino en los demás ejercicios, el Dios que les espera en el corazón del quehacer escolar, el que viene a ellos en los pobres, pues son sacramento suyo y también el que hace de estos Hermanos sacramento suyo para los pobres.

En este éxodo hay una evolución personalizadora: de la "presencia de Dios" al Dios de Jesús; del Señor de la historia al Dios encarnado; del Señor en el fondo de su misterio a Jesús, vida de nuestra vida. Se explica así el dinamismo personalizante de nuestro ministerio, que no se confunde con las tareas escolares sino que consiste en representar a Jesús ante los niños y jóvenes.

A partir de esta experiencia de éxodo vivida en comunidad con sus Hermanos laicos, Juan Bautista nos ha transmitido una espiritualidad que ha sintetizado en la expresión "espíritu de fe", "fe y celo": una actitud existencial que engloba toda la vida, un modo de situarse en el mundo y de buscar y encontrar a Dios. Desde el espíritu de fe los Hermanos viven a fondo aquella experiencia de las raíces cristianas, cuando "el velo del templo se rasgó" (Mt 27,51), y desde entonces "a Dios hay que adorarlo en espíritu y en verdad" (Jn 4,24).
El espíritu de fe, alimentado por la Palabra de Dios y el sentimiento de fe, según lo propone La Salle, da a la vida espiritual un estilo relacional y dialogal con respecto a Dios, que no se reduce al tiempo de la oración y la liturgia, sino que se proyecta en la lectura de los acontecimientos y, de manera especial, en el encuentro con las personas, sobre todo en la comunidad y en la obra educativa.

Animados por el espíritu de fe los Hermanos pueden vivir su quehacer educativo como el momento privilegiado de encuentro con Dios; allí están en un "mano a mano" con la Trinidad, creando, salvando, santificando; y en ese quehacer tan profano como sagrado experimentan la plenitud de su consagración religiosa. Luego vendrán los tiempos de oración y celebración para profundizar esa misma experiencia, para contemplar a Dios que los convierte en instrumentos suyos, para agradecer lo que han vivido, para abrirse a sus inspiraciones y prepararse a ser mejores ministros. Nada, pues, que tenga que ver con una doble vida.
El espíritu de fe convierte a los Hermanos en profetas que saben leer los signos de Dios en la historia y en el mundo, y reconocer las "semillas del Verbo" (AG 11) en la cultura, en los pueblos, en las personas de sus alumnos. Por eso están capacitados para despertar la esperanza en aquellos a los que han sido enviados, y para acompañarlos en el camino hacia su realización humana y cristiana.

Animados por el Espíritu, ellos pueden ver crecer el Reino de Dios allí donde todavía no se puede nombrar a Dios ni al Evangelio. Eso les permite situarse en la avanzadilla de la misión de la Iglesia, y convertirse, al mismo tiempo, en signos del Amor de Dios, que llega al hombre mucho antes de que éste pueda reconocerlo.

A modo de síntesis de esta 1ª parte:

La vida religiosa nacida con San Juan Bautista de La Salle, identificada con el ministerio de la educación cristiana, ha sido profecía de salvación en el "aquí y ahora" de este mundo, portadora y signo de esperanza para los niños y jóvenes abandonados. Y lo ha sido a través de las dos dimensiones que caracterizan su consagración y gracias a ellas: laicalidad y fraternidad.

2ª parte
SUS PERSPECTIVAS PARA HOY

A grandes rasgos hemos expresado en la primera parte lo que constituye el patrimonio de nuestra vida religiosa. Lo que nos queda por decir para esta segunda parte podría resumirse así: convirtamos ese patrimonio en profecía para el presente que nos toca vivir, en el mundo y en la Iglesia de hoy.

Sin embargo, hay una objeción de entrada que pudiera ahorrarnos todo el planteamiento de esta segunda parte. Procede de la constatación de un hecho histórico evidente: la vida consagrada laical educadora ha nacido con la modernidad y se ha desarrollado con ella. Y bien: ahora que ha pasado la modernidad, ¿no ha pasado también la época de nuestras Congregaciones educadoras? Es una pregunta lógica que se hacen no pocas personas, incluso entre nosotros, con absoluta franqueza.

La pregunta puede hacerse de forma más pragmática y comprometida: ¿Tenemos todavía algo que ofrecer? Aunque sería más acertado el planteamiento desde el lado del destinatario: La sociedad de hoy, ¿puede necesitar y aceptar el signo de nuestra vida?

Pongamos en relación las dos perspectivas, la oferta y la demanda, para concretar mejor la pregunta: a partir del carisma que hemos recibido, ¿qué carencia básica detectamos hoy en nuestra sociedad, que podamos convertir en eje de una propuesta educativa que, a su vez, permita hacer visible al Señor en nuestro mundo?
Así planteada, la pregunta es un reto a actualizar aquel dinamismo originario de nuestro carisma: descubrir los signos de esperanza, los signos de la presencia y el actuar de Dios en el presente que nos toca vivir.
Y aún: es un reto a que descubramos las potencialidades de nuestro carisma para dar una respuesta valiosa y significativa en el mundo y en la Iglesia de hoy.
Es una invitación a que hagamos nuestra, como un acto de fe y esperanza, la actitud de Jesús en la sinagoga de Nazaret: después de leer ante sus vecinos la Palabra en la que él mismo se reconoce -"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres..."-, a continuación se compromete públicamente, aceptando en su persona el desafío que trae consigo la acción del Espíritu: "Hoy se cumple ante vosotros esta profecía" ( Lc 4,18-21).
Probablemente éste es un tiempo para actuar más por intuición que por lógica: siempre que esa intuición sea la del profeta, atento a la acción de Dios, movido por el Espíritu. Es un tiempo para sentir dentro de nosotros la savia de las raíces, una savia que nos reclama "fidelidad dinámica" (VC 37) . Es un tiempo para la creación, más que para la repetición. Es un tiempo, según nos dice Juan Pablo II en Vita consecrata, para "reproducir con valor y audacia la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy" (VC 37).
Digámoslo con un término que ya se va imponiendo: es tiempo de refundación . Las Congregaciones educadoras han cumplido un ciclo histórico: ya no se trata de prolongar ese ciclo, sino de abrir uno nuevo, con el convencimiento de que en este nuevo ciclo su herencia podrá ser nuevamente profecía.

1. UN NUEVO CICLO EN OTRO ECOSISTEMA SOCIO-ECLESIAL

El nuevo ciclo histórico se desarrolla en un escenario muy diferente del anterior. Tomaré prestado de la biología el término "ecosistema" para referirme al contexto socio-eclesial en el que estamos viviendo. Nuestra supervivencia dentro de ese ecosistema depende de nuestra capacidad para adaptarnos a sus leyes y relaciones internas, sin renunciar por ello a la propia identidad. Los Coloquios internacionales convocados por el Instituto Lasaliano en los siete años anteriores han dibujado ese ecosistema a grandes líneas y han puesto de manifiesto determinadas tendencias desde la particular perspectiva de nuestra misión.

¿Cuáles son los signos de los tiempos que están presentes en el nuevo ecosistema socio-eclesial? Aunque sea de manera muy breve es preciso que dejemos ahora constancia de algunos:

· En lo social me limitaré a recordar la globalización y la universalización del cambio como signo específico de nuestros días.

· El cambio también ha afectado profundamente a la Iglesia. En ella se ha desarrollado una nueva conciencia en la que resalta la dimensión comunitaria de su identidad y la responsabilidad de todos sus miembros en la evangelización. La Iglesia reconoce que la comunión es el núcleo central de su identidad (cf ChL 18-19; VC 41.46), y que la misión, es decir, la evangelización, es su finalidad, su razón de ser (cf EN 14).

La comunión es el camino por excelencia que el Espíritu propone hoy a la Iglesia y, por tanto, a la vida consagrada; es un camino hacia el interior de sí misma, para encontrar su propia identidad, y es también un camino hacia fuera, para llevar a cabo la misión: "La comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera" (ChL 32).

· En lo que respecta a la vida religiosa ha habido un desplazamiento importante en el seno de la Iglesia: de estar en el centro y separada de los demás ha pasado a estar junto a los otros cristianos y en función de ellos. Al compartir la misión, el religioso no puede pretender tareas exclusivas -en relación al seglar-, por muy pastorales que sean; al contrario, deberá promover siempre el protagonismo de los seglares. Si en muchas ocasiones va por delante es para abrir caminos a la misión y facilitar que otros puedan seguir por ellos.

Hay, pues, un nuevo reparto de papeles. La vida religiosa estaba acostumbrada a ser un modelo que se admiraba y se proponía ante los demás cristianos para que intentaran copiarla; ahora deberá aprender a ser signo que apunta más allá de sí misma para hacer pensar en esos valores que ella encarna pero que pueden ser vividos de diferentes formas.

Animados, pues, por el Espíritu, los religiosos educadores se esfuerzan por discernir y asumir los nuevos retos; y lo hacen desde esa tensión dialéctica que da a la vida religiosa su peculiaridad profética, crítica y generadora de cambio. Deben vivir la fidelidad al carisma fundacional en la comunión con todos aquellos que comparten el mismo espíritu, y también en la colaboración con todos los hombres de buena voluntad (VC 81).

2. LA NUEVA FLORACIÓN DE NUESTROS CARISMAS FUNDACIONALES

Parece evidente que, cada vez más, el eje orientador de toda la actividad de la Iglesia se define así: comunión para la misión. Y parece también evidente la irrupción del Espíritu en este momento de cambio en la Iglesia, una irrupción que tiende a dar fuerza y dinamismo a ese eje, a través de una gran eclosión carismática. Las perspectivas de la vida religiosa, en general, son diferentes según se tomen al margen o en el contexto de esta eclosión carismática que alcanza a los diversos grupos eclesiales. En el primer caso, esas perspectivas están cerradas y sin futuro. En el segundo caso están llenas de posibilidades, muchas de ellas aún insospechadas; forman parte del "nuevo capítulo" al que se refiere Juan Pablo II en Vita consecrata (n. 55), el cual apenas se ha empezado a escribir.

Hace todavía pocos años que nos hemos dado cuenta de que los carismas que han hecho nacer nuestras respectivas Congregaciones no son de nuestra propiedad particular. Son un don concedido a la Iglesia en las personas de nuestros Fundadores, y hoy alcanzan a otros creyentes que viven otras formas de vida cristiana.

El nuevo ciclo que estamos comenzando y que, en definitiva, también está impulsado por el Espíritu Santo, se caracteriza por la nueva floración, recién iniciada, de nuestros carismas fundacionales. Veamos algunas consecuencias:

1ª. La primera consecuencia es que dejemos de considerar al propio Instituto como si la realización del carisma fundacional dependiera exclusivamente de él. Igualmente, habrá que romper la equivalencia entre la identidad del religioso educador y el ministerio educativo promovido por el carisma fundacional. El Instituto, el ministerio que tenía encomendado y la identidad del religioso deben situarse en el nuevo contexto de la Iglesia-Comunión, en torno al eje "comunión para la misión" y en relación a la nueva floración de su carisma.
El Instituto y el religioso deben encontrar su puesto y vivir su identidad carismática en la nueva comunidad ministerial, junto a los seglares, sacerdotes y otros consagrados que participan en el mismo carisma. En el ministerio común de la educación cristiana han de desarrollar su ministerio más específico, que sin duda coincidirá con lo más profético. Esto no quita importancia o trascendencia a la vocación del religioso educador, sino que resalta lo que le es más peculiar: ser signo, recuerdo, y profecía de los valores fundamentales del Evangelio -se nos recuerda insistentemente en el documento Vita consecrata- (cf VC 33. 84) .

2ª. La segunda consecuencia es un cambio de acento importante en nuestra pastoral vocacional: nuestra primera preocupación no puede ser el mantener el Instituto y conseguir vocaciones para él, sino inspirar y promover el carisma fundacional, que se puede vivir en diversas vocaciones cristianas, con otros dones. No se trata de suprimir la preocupación por acrecentar el Instituto, sino de incluirla en un contexto más amplio que es el del carisma común para la misión.

Por otra parte, la escasez de vocaciones consagradas en muchos países podría inducirnos a una grave tentación: la de querer conseguir nuevos miembros para el Instituto reduciendo las exigencias en los lazos de asociación, y con ello el sentimiento de pertenencia. Eso sólo traería consigo la pérdida de identidad del Instituto y, por tanto, de los consagrados.

3ª. En el nuevo ciclo histórico del que estamos hablando el carisma fundacional será el lazo específico que establezca la cohesión interna entre los que comparten la misma misión, pero esa cohesión interna no hay que traducirla sin más en integración respecto del Instituto; más bien es el Instituto el que debe buscar la integración en una asociación o familia carismática más amplia.
En este proceso el Instituto dirige el esfuerzo en una doble dirección:

· promover y transmitir el carisma educativo que ha dado existencia al Instituto; para ello establece cauces de formación en diversos niveles para quienes comparten su misión, y desarrolla con ellos lazos de comunión;

· proponer un mayor compromiso en el marco de la comunión para la misión educativa a todos aquellos que se sientan más urgidos por el carisma.

4ª. Pero hay que añadir un nuevo programa de acción que es cada vez más urgente: la comunión real, el acercamiento y la colaboración entre las diversas familias carismáticas que tenemos la misma misión educativa. Sobre la base de las muchas coincidencias y dinamismos comunes de nuestros carismas deberíamos proceder a una aproximación en cada uno de los niveles institucionales, de tal forma que la misión educativa resulte beneficiada y podamos dar ante la Iglesia un testimonio de comunión.

5ª. En el nuevo ciclo es preciso clarificar las diversas identidades, tanto del religioso como del seglar. La riqueza vendrá por la complementariedad de las diferencias, no por su eliminación o el reduccionismo de las identidades. Y en este campo el mayor esfuerzo corresponde a los consagrados, por dos razones:

· su identidad transmite de forma profética los rasgos más peculiares del carisma fundacional -esos rasgos que recogíamos en la primera parte de nuestra reflexión-; si se pierde, es muy posible que también desaparezca la familia carismática correspondiente, pues ningún grupo religioso puede mantenerse largo tiempo sin la existencia de profetas en su interior;

· por otra parte, su identidad necesita desprenderse de elementos adicionales que corresponden a la época o ciclo anterior, y debe redefinirse en el interior de la Iglesia-Comunión recuperando su función esencial de signo.

6ª. Recuperar y ahondar en el consagrado la conciencia de ser signo es un auténtico reto en el ciclo que comenzamos. Y lo es no sólo por interés de los propios consagrados, sino especialmente para el beneficio de la comunidad eclesial; y más concretamente de la familia carismática correspondiente.

· El nuevo ciclo necesita que los educadores consagrados dediquen más tiempo a la contemplación, a la reflexión compartida, a la relación profunda con las personas: es condición para que mantengan la capacidad de descubrir a diario el carisma fundacional y puedan ser inspiradores y transmisores del mismo.

· La función asistencial ha marcado mucho nuestras Congregaciones: hemos hecho una gran contribución al desarrollo de los pueblos, y aún se continúa en los sectores geográficos más deprimidos. Pero cuando esa función asistencial es menos requerida por estar ya relativamente satisfechas las necesidades educativas, como sucede en las sociedades más desarrolladas, sobreviene la sensación de inutilidad: en el religioso, respecto de sí mismo; y en la sociedad, respecto de estos religiosos. Tal vez el centro de gravedad -y con él la razón de ser- no estaba situado donde le correspondía. Este centro es el que tenemos que recuperar, que no está en la promoción educativa o en las tareas escolares, sino en el signo que a través de aquéllas hemos de ofrecer, el signo del Reino de Dios que irrumpe en nuestro mundo.

· Lo propio de la vida consagrada no es suplir a los demás creyentes en sus aportaciones a la mejora de la humanidad, ni mucho menos está para solucionar a la sociedad los problemas educativos. Lo propio de la vida consagrada es ir por delante, colocando señales del Reino que ya está llegando, como utopía que aún no se da plenamente pero ya es visible. Lo suyo es la novedad: cuando la novedad ha sido asumida por la sociedad o, en su caso, por el conjunto de la Iglesia como una función ordinaria, quienes la han dado a conocer deben alegrarse y prepararse a ofrecer nuevas alternativas, "nuevas respuestas a los nuevos problemas del mundo de hoy", "nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales" (VC 73).

· Los educadores consagrados deben dirigir, pues, su mayor esfuerzo, no tanto a mantener una presencia rutinaria en las obras tradicionales, cuanto a buscar soluciones a los nuevos problemas educativos, a plantear alternativas para muchos niños y adolescentes desescolarizados, a seguir renovando la escuela como hicieron sus Fundadores. Como profesionales de la enseñanza, los educadores consagrados deben ser eficaces en su labor. Pero la eficacia técnica por sí sola no es suficiente; en muchos casos incluso se convierte en anestésico que hace olvidar la razón de ser del consagrado. La mera profesionalidad, no justifica en ningún caso la presencia de una persona consagrada en la escuela.

Y ahora ya, en este contexto de expansión de nuestros carismas fundacionales, hemos de responder más concretamente: ¿qué signo deben aportar los educadores consagrados, en este nuevo ecosistema socio-eclesial y en comunión con cuantos participan en el mismo carisma desde otras identidades cristianas? La pregunta se funde con las que planteábamos al comienzo de esta segunda parte, pero ahora nos situamos en la nueva comunidad ministerial, pues toda respuesta ha de ser dada desde ella y en comunión con ella. ¿Qué necesita de nosotros esta sociedad, y qué encontramos en nuestra herencia carismática para ofrecerle?


3. "HOY SE CUMPLE ANTE VOSOTROS ESTA PROFECÍA"

Tal vez, la clave para entrar en el nuevo ciclo, la clave para poder pronunciar con fe y esperanza la afirmación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, consista en reconocer la confluencia de estos tres factores:

· el eje en torno al cual se constituye nuestra identidad: una comunidad consagrada laical que vive para el servicio educativo a los pobres;

· el núcleo que constituye el Misterio central de la Iglesia, según ha puesto de manifiesto a partir del concilio Vaticano II: la comunión para la misión;

· ciertas necesidades y aspiraciones fuertemente sentidas en el mundo de hoy: el deseo de unidad en la diversidad, frente al individualismo y la masificación que predominan en la sociedad; la necesidad urgente de recuperar e integrar a tantos niños y jóvenes empujados a la marginación; y también, la necesidad de voces proféticas que defiendan lo mejor de la cultura e impidan que las conciencias se adormezcan. En el ciclo anterior, en la época de la modernidad, debíamos dar respuesta a la necesidad de orden, de racionalidad, de organización, de instrucción, de profesionalidad; las nuevas necesidades tienen más que ver con la relación, el encuentro humano, el sentido de pertenencia, las vinculaciones sociales...

En esta confluencia todo nos indica que hemos de recuperar la centralidad de nuestro eje carismático y convertirlo en propuesta educativa.

A) Recuperemos la comunidad y ofrezcámosla como signo de esperanza y de sentido para los nuevos "hijos de los artesanos y de los pobres".

Construir el signo: La comunidad es el principal signo, a partir del cual se podrán captar los demás. Y es muy exigente, porque supone, en primer lugar, que nuestras comunidades recuperen o reafirmen la calidad de su propia vida fraterna; y, en segundo lugar, que sean capaces de darle visibilidad, sin lo cual no sería un signo. La vida fraterna "es un acto profético, en una sociedad en la que se esconde, a veces sin darse cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras" (VC 85). Testimoniar comunidad en medio de la educación es el primer acto profético que hoy se espera de los consagrados en la escuela.

Pero no será un acto profético si no tiene algo o mucho de radical. Para ello deberemos dar auténtica prioridad a la construcción de la vida interna de la comunidad, sin dejar que ésta quede fácilmente relegada ante las continuas urgencias de las tareas apostólicas externas. Y hemos de adaptar lo que sea conveniente para que el signo pueda percibirse con transparencia.

Comunicar y ampliar el signo: La comunión, como acto profético, tiene como primeros destinatarios los demás educadores con los que se comparte la misión. Con ellos, los educadores consagrados, expertos en comunión, se proponen ser artífices de comunión y "fomentar la espiritualidad de la comunión" (VC 46, 51). Su labor en la escuela pasa por este primer eslabón, y con frecuencia hoy ha de quedarse en ese eslabón: la formación y la animación de la comunidad educativa y dentro de ella la comunidad de fe. Es una tarea que se prolonga en la edad de la jubilación, de muy diversas formas.

En realidad, lo que hemos llamado en los últimos años "misión compartida" tiene como núcleo esencial, incluso como traducción única, el proceso de comunión, una comunión extrovertida, una comunión misionera. Todo consiste en crear lazos entre los educadores: desde aquellos que fomentan la solidaridad entre las personas y la corresponsabilidad en el proyecto común, continuando por la comunión en la fe y la sintonía con los valores y el mensaje del Evangelio, hasta llegar a los lazos ministeriales, sintiéndose conjuntamente mediadores de Dios y de la Iglesia para la misión, y portadores de un carisma que hay que garantizar comunitariamente.

Convertir el signo en propuesta educativa: Desde la comunidad educativa y la comunidad de fe tiene que llegar a los alumnos la propuesta de la comunidad . Se trata de que todo el proyecto educativo gire en torno a la comunidad y la creación de comunidad, y proponga así un modelo alternativo de persona frente a una sociedad masificada e individualista; que la escuela se estructure y plantee como lugar de encuentro, de convivencia, de escucha, de comunicación; que las opciones pedagógicas fomenten el trabajo en equipo frente al individualismo, la solidaridad frente a la competencia, la ayuda al débil frente a la marginación, la participación responsable frente a la sumisión pasiva. De esta forma se está presentando la educación como servicio al encuentro humano.
En el culmen de esta propuesta está la comunidad cristiana, como resultado de un proceso de iniciación, que no es sólo aprendizaje de contenidos sino experiencia de la fraternidad cristiana. Los educadores consagrados saben que, entre todas las tareas educativas, ésta es la que necesita un mayor compromiso por su parte, especialmente como signo profético que mueva a otros educadores cristianos a implicarse en ella.

B) Recuperemos la opción por los pobres como distintivo característico de cada una de nuestras comunidades, y convirtámosla en propuesta educativa, como perspectiva global de toda la educación.

La opción por los pobres, tan manifiesta en los orígenes de nuestras respectivas Congregaciones, no era sólo un rasgo característico sino el motor que las puso en movimiento y que daba sentido a todos sus proyectos. En la actualidad, la opción por los pobres está alterada de diversas formas.

· En unos casos ha sido reemplazada por la opción por la globalidad, o por el conjunto menos problemático, o simplemente por la clase media; y al tiempo se procuran discretas concesiones -en medios, personal, tiempo...- a los más necesitados.

· En otros casos se ha pactado con el posibilismo, es decir, con lo que las circunstancias sociales, económicas, políticas, permiten hacer sin mayor problema; frecuentemente este pacto va acompañado de una cierta mala conciencia porque no son atendidos los que deberían ser nuestros destinatarios preferentes.

· Finalmente, y cada vez más, existe la preocupación de crear obras que sean significativas de la opción por los pobres; aunque tampoco es raro que esos signos queden al margen y no lleguen a ser interpelantes para el resto de la provincia religiosa.

No existe credibilidad alguna, ni tampoco motivo que la justifique, para una comunidad religiosa educadora que no haya asumido la opción por los pobres. Y no hay entrada en el nuevo ciclo sin recuperar esta opción; una comunidad que vive para los pobres y lucha contra la pobreza es probablemente el signo que más necesita el mundo de hoy, donde la pobreza es cada vez menos el resultado de la escasez natural de bienes, y cada vez más la consecuencia de la injusticia.

La opción por los pobres no consiste solamente en la creación de algunas obras educativas dedicadas a los pobres. La opción ha de estar presente en cada comunidad religiosa y, a través de ella, ha de ser comunicada a la comunidad de fe y a la comunidad educativa. Se traduce en una tensión que nos conduce hacia aquellos que están en "los confines del mundo" (Act 1,8), a la búsqueda de las situaciones marginales, situaciones de pobreza de muy diverso tipo. Implica un cambio de mentalidad para pasar de una actitud asistencial, que ha caracterizado la época anterior, a una actitud más profética, que requiere informarse, denunciar, colaborar con los que combaten la pobreza, plantear rupturas con las instituciones sociales injustas, cambiar estructuras que nos alejan de los pobres...
La opción por los pobres debe convertirse en propuesta educativa de todos los centros dependientes de las Congregaciones educadoras, sean quienes sean sus destinatarios más directos. Entre otras cosas significa el plantear la educación para la justicia como eje transversal de todo el programa educativo. Significa cambiar el modelo pedagógico del "hombre libre" (el que domina la creación, el que sabe utilizar los recursos, el que está preparado para crecer y realizarse...), por el del "hombre justo" (el hombre solidario, el que se siente parte de la creación, el que crece con los demás...). Y significa también que nuestros centros educativos sean lugares donde no sólo se hable del pobre sino, sobre todo, se dé la palabra al pobre, se le escuche y dejemos que nos interrogue, se transmita y amplifique su voz para que pueda llegar desde la escuela a otros sectores sociales.

C) Recuperemos la calidad de testigos de Dios, y convirtamos nuestra espiritualidad laical en propuesta educativa.

Es éste el reto que pone a prueba lo más peculiar de nuestra identidad como educadores consagrados y que frecuentemente ha quedado oscurecida por la dimensión profesional. Nos remite a la raíz más profunda de nuestra espiritualidad, el espíritu de fe, que nos da la capacidad de ser profetas que saben leer los signos de Dios en la historia y en el mundo, y de reconocer las "semillas del Verbo" en la cultura y en los pueblos.

Necesitamos recuperar esa faceta de nuestra identidad que nos define como comunidad consagrada laical que busca y encuentra a Dios en las realidades humanas, y señala también su Reino que aún está por llegar. Por eso denuncia la resistencia de este mundo y de la cultura a la llegada de Dios y a los valores de su Reino.

En cuanto profetas en la educación, nuestra primera aportación es la de ser voz de la conciencia para la cultura. Es labor nuestra escuchar con atención los interrogantes más hondos, las cuestiones más acuciantes que surgen en nuestro tiempo, y hacer que resuenen en la comunidad educativa ante alumnos y educadores. Y como interlocutores privilegiados entre la fe y la cultura procuramos aportar luz desde el Evangelio para encontrar respuestas válidas a los porqués de la vida o, al menos, para ampliar el horizonte en el que se buscan las respuestas. No es sólo una aportación intelectual, sino existencial: sometemos a crítica los modos de vida que la sociedad de consumo hace deseables, y proponemos otros modos de estar en el mundo, libres de falsos dioses. Y damos valor a la propuesta con nuestra presencia caracterizada por la sencillez y simplicidad de vida, de tal forma que nuestra manera de vivir señale con claridad al Único que da fundamento y plenitud a la vida humana.

A través de la relación personal ofrecemos la experiencia de una vida como itinerario hacia Dios; la experiencia de búsqueda para descubrir los signos por los que Dios se hace presente; la experiencia de contemplación para calar en lo profundo de las cosas, de las personas, de los acontecimientos. En nosotros, los demás educadores y los alumnos han de poder descubrir el hábito de hacerse las preguntas más comprometidas, para encontrar las raíces más hondas de la vida.

Podríamos decir que lo nuestro es llevar a la escuela la pregunta, mucho más que la respuesta; preguntas que buscan los porqués, más que los cómos; preguntas que conduzcan al encuentro con el misterio de los seres y con el Misterio de Dios.

Pero no es una aportación que "se suma" a la actividad escolar. Es una manera global de entender el proyecto educativo, como el arte de poner a la persona en camino. Por eso nuestro proyecto educativo asume el reto de convertirse en proyecto evangelizador, y en ningún caso acepta el quedar reducido a un proyecto académico o a la aplicación de un programa de asignaturas.

La propuesta incluye un aspecto muy específico de nuestro ministerio de educadores consagrados: los jóvenes, pero también los propios compañeros de la comunidad educativa, necesitan encontrar en las personas consagradas, antes que profesionales de cualquier materia, maestros y guías expertos de vida espiritual (VC 55). En esta faceta los educadores consagrados encontrarán muchas posibilidades de servir a los jóvenes y a los mayores como educadores de la vida espiritual, incluso cuando estén ya retirados del ejercicio profesional.

Y no sólo a título personal: las comunidades consagradas han de tomar conciencia de este componente específico de su identidad profética, el ser "lugares privilegiados donde se experimentan los caminos que conducen a Dios" (Vida fraterna en comunidad, 20), y con esta conciencia deben planificar su presencia en el marco o en la proximidad de la comunidad educativa; con esta conciencia cultivan, como comunidad, su capacidad de convocatoria para la oración, para compartir la búsqueda y la experiencia de Dios, para la lectura comprensiva de la Escritura, para el diálogo en profundidad entre la fe y la cultura...

Conclusión:

Al terminar esta reflexión quisiera traer de nuevo al recuerdo estas palabras de San Juan Bautista de La Salle: "Jesucristo está en medio de los Hermanos para darles su Santo Espíritu" (EM 2,26). Contienen una promesa que está sujeta a una condición.

La promesa no es la supervivencia, sino el don del Espíritu: es lo único que Jesús nos promete para que podamos cumplir la misión que nos ha confiado en el presente que nos toca vivir.

Y la condición es: una comunidad reunida en torno a Jesús. Esta ha sido la clave de nuestra existencia. ¿Cómo puede seguir siéndolo en las nuevas condiciones que hemos descrito?

La Declaración sobre el Hermano de las Escuelas Cristianas en el mundo actual decía en 1967: "La comunidad viviente y en diálogo es el lugar donde, por excelencia, reside y actúa el Espíritu Santo", (D 7.2). Sólo en este tipo de comunidad seguiremos oyendo la palabra y el envío: Él nos ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres. Y sólo desde esta comunidad podremos seguir proclamando en nombre de Jesús: "Hoy se cumple ante vosotros esta profecía" (Lc 4,21).
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