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 Palabras de despedida al Hermano Urban Gordon fallecido a los 97 años de edad.
Roma, Eucaristía, 2 de septiembre 01
Hno. Álvaro Rodríguez Echeverría
Superior General |
Decir Adiós a un Hermano siempre es doloroso. Su ausencia física representa un vacío que nadie podrá llenar ya que cada uno es único e irrepetible. Decir adiós significa que no podremos más mirar sus ojos, estrechar su mano, escuchar sus pasos, contemplar su sonrisa. Pero la fe nos dice que a partir de hoy el Hermano Urban está con nosotros de otra manera menos sensible pero real. No sólo por el recuerdo grato que de él conservamos sino por una nueva vida llena de plenitud en la que no habrán más lágrimas ni dolor.
Creo que despedir hoy a un Hermano que a los 97 años nos ha dejado es motivo para dar gracias a Dios por el don de su larga vida, vivida con ilusión, con deseo de seguir perfeccionando diversos idiomas como nos compartía en una de las últimas visitas que un grupo de Hermanos le hicimos, siempre al día en muchas cosas sobre todo deportivas, atento a los demás, (recuerdo como en mi última visita fue él el que nos dijo que debíamos irnos que ya habíamos estado mucho tiempo con él), sereno y no queriendo dar molestias hasta el final.
Las lecturas de este domingo se aplican de manera muy especial a nuestro querido Hermano. Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios nos dice el Eclesiástico. Urban era grande en estatura física pero supo conservar un alma de niño. Sabía disfrutar de la vida y de sus alegrías. Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo. Estas palabras de la Carta a los Hebreos se han hecho realidad para nuestro Hermano que en la Jerusalén celestial se ha encontrado con Dios juez universal, con Jesús mediador de una Alianza de amor y salvación y con tantos justos con los que vivió en su larga vida y lo habían precedido en el sueño de la paz.
Pero es sobre todo el Evangelio el que se aplica especialmente a la vida de nuestro Hermano Urban. Amigo sube más arriba porque el que se humilla será enaltecido. Urban al morir no tenía una patria terrena ni una nacionalidad. Las circunstancias políticas que lo obligaron a dejar su patria después de un apostolado escolar iniciado en Saint Joseph's Institution en Singapore y que posteriomente se prolongaron sobre todo en Saint Paul's Institute y Saint Patrick's Institute en Myanmar su patria, hicieron que los últimos 35 años de su vida los viviera en el destierro ejercitando oficios sencillos en favor de sus Hermanos.
Esto no impidió, como todos nosotros hemos sido testigos, que pudiera vivir con serenidad y alegría su vida encontrando en el Instituto y en sus Hermanos de la Casa Generalicia y de Inglaterra el afecto fraterno necesario para todo equilibrio humano. Recuerdo especialmente las últimas visitas que le hicimos tanto en Colle La Salle como en el hospital San Camilo, el comentario de todos era que se sentía muy contento con la presencia de sus Hermanos, y personalmente no podré nunca olvidar el agradecimiento que me manifestaba y lo orgulloso que se sentía de que lo visitara. Por eso siento que Urban es un intercesor más que tengo en el cielo en favor del Instituto.
El ejemplo elocuente de Jesús indica que él, el primero, se situó en el último puesto... por eso Dios lo elevó glorificándole. Este ejemplo sigue siendo meta para cada uno de nosotros en la misión pequeña o grande pero siempre importante que el Señor nos ha confiado. Debemos como Urban hacer nuestro un servicio humilde al estilo de Jesús, que no vino a ser servido sino a servir. Este, me parece, fue su secreto y ojalá sea la fuerza que ilumine nuestro caminar de cada día.
Quisiera agradecer profundamente a los Hermanos de la Casa Generalicia que han acompañado con amor fraternal los últimos 35 años de la vida de nuestro Hermano, al distrito de Roma y especialmente a los Hermanos Hermanas de Colle La Salle que lo acogieron con tanto afecto y le prodigaron los mejores cuidados en estos últimos días. A su familia lejana y dispersa en muchos países nuestros sentimientos de solidaridad, así como a su Subdistrito de Myanmar que esperamos pueda ver días mejores y se sienta animada con el ejemplo de este su Hermano mayor.
Hno. Alvaro Rodríguez Echeverría |
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