Intervención del Hno. Superior en el Sínodo de Obispo
Roma, 20 octubre de 2001
El Hno. Alvaro Rodríguez Echeverría, Superior General de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y Presidente de la Unión de Superiores Generales, fue nombrado por S.S. Juan Pablo II como auditor al Sínodo de Obispos, que sesiona en el Vaticano desde el 30 de septiembre y concluirá el 27 de octubre. El tema del Sínodo es el papel del obispo en la Iglesia. El texto siguiente es la síntesis de la alocución del Hno. Alvaro hecha el día 6 de octubre.

Mi intervención se refiere a cuanto dice el número 92 del Instrumentum Laboris, en particular al cuidado de los carismas religiosos que ha de caracterizar el ministerio episcopal. Al respecto me parece importante recordar que según las estadísticas publicadas en el Instrumentum Laboris del Sínodo sobre la Vida Consagrada, el 82,2% de la vida religiosa es laical. El Vaticano II a su vez afirma: "La vida religiosa laical, tanto de varones como de mujeres constituye en sí misma un estado completo de profesión de los consejos evangélicos" (PC 10), sin embargo la vida religiosa laical no siempre es valorada y comprendida por los otros miembros del pueblo de Dios o es considerada como incompleta o de segundo orden. Me parece importante que los obispos conozcan la realidad de la vida consagrada laical, aprecien y favorezcan esta vocación original que enriquece la variedad de dones de la Iglesia, reconozcan su "ministerio eclesial" y faciliten el que puedan participar abiertamente en los diversos organismos y consejos en que se estudian y deciden tanto los planes de pastoral, como la naturaleza y propuestas de la vida religiosa, tanto a nivel universal como local. Por parte de los religiosos Hermanos es importante, también, conocer la realidad de la Iglesia local y diocesana e insertarse de forma creativa, evitando estar en ella como un cuerpo extraño. La U.S.G. espera que la comisión especial constituida para estudiar el caso particular de los Institutos mixtos pueda aportar lo antes posible una solución que responda al deseo manifestado por los Padres Sinodales (VC 61).

Ciertamente no faltan a las congregaciones laicales los desafíos, particularmente en un momento histórico, en el que algunos se preguntan si el ciclo vital de la vida religiosa ha terminado. Me parece que debemos partir de una vida religiosa que no se centra en ella misma sino que se abre a las necesidades del mundo desde la óptica de un Dios que quiere que todos se salven (1Tim 2,4). Aquí es en donde necesitamos el apoyo y la guía de nuestros obispos para que nuestra vida religiosa pueda ser no solo memoria del pasado, sino sobre todo profecía del futuro (NM 3).
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